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La pedagogía del error, o eso que no te dará una máquina.

  • Foto del escritor: Pepelu Fernández
    Pepelu Fernández
  • 25 ene
  • 4 Min. de lectura

 

Por favor, no uses robots para crear (de todos modos, no estás creando).

 

Si, por ejemplo, escribes una historia oscura en el rural medieval de Castilla y no sabes si la ambientación de tu capítulo es sólida, de nada te sirve ir a un chatbot y preguntarle «Oye, ¿es coherente mi aldea con el siglo XII?». Quizá te dé la respuesta correcta, eso no lo sé, pero lo que sí sé, es que esa información, en caso de ser correcta, tampoco te sirve de nada en el ejercicio literario.

 

La investigación es parte del proceso. Ve a la biblioteca de tu barrio, busca los grabados de la época, coge el lápiz (ese artefacto) y apunta sobre ropa, herramientas y etnología… Vive el placer de leer a personas de antaño, busca en la pintura costumbrista ese detalle, cómo se sentía la gente, por dónde discurría su vida. Las preguntas son infinitas. ¿No es emocionante para ti, que quieres escribir sobre X época?

 

Y solo estoy hablando sobre la investigación, que es tan solo una de las muchas cabezas de Escila, cuando te dedicas a escribir.

 

Pero Pepelu «¿Por qué es inútil la información que me dan estos robots, en caso de que fuera verdadera?».

 

Es inútil porque te priva de la experiencia de escribir en sí. Dudar, leer, releer y volver a leer. Es como si le preguntas por tu ritmo narrativo, tensión. Da igual que te diga que el conflicto de tu personaje está difuso, no te está ayudando. Revisar tu manuscrito, bien sea para alicatar la coherencia que para cazar erratas, también es crear. Encuentras el error, lo subsanas, aprendes. Un artista aprende siempre que crea.

 

Tiempo. El arte necesita tiempo y espacio para ser imaginado, creado y, más tarde, cincelado. Si te chivan la respuesta, e insisto, da igual que sea correcta, te están quitando tu clase de pociones en Hogwarts. ¿Para qué demonios querrías ir a una escuela de magia, si no es para hacer magia?

 

¿Para qué quieres que un robot dibuje tu ilustración? «Es que me gustan las portadas de El señor de los anillos». Bien, Alan Lee estudió durante medio siglo para crear a ese Názgul. Si le pides a un robot que lo haga por ti, estará vacío, como una de esas novias virtuales, como uno de esos árboles de plástico llenos de nieve plástica.


Es 2026, abres tu móvil y te ves dudando sobre el vídeo viral de turno. ¿Esto es real o es obra de un robot? ¿Esta canción está creada por personas? Leemos un libro, detectamos una puntuación extraña y volvemos a la primera página. ¿Esto lo pensó un ser humano? Ah, es de 2013, vale, sigo leyendo tranquilo ¿No es terrible tener que pasar por ahí?

 

Otro melón es que la IA erosiona las capacidades de la gente reincidente.

 

¿Ya no puedes hacer una lluvia de ideas en un papel? ¿Pensar pros y contras sobre una decisión difícil? ¿Divagar sobre una respuesta en una charla con amigos, sin sacar a San Google para que nos dé una respuesta y zanjar un montón de hermosas posibilidades?

 

¿Y las narraciones? ¿Y las traducciones? ¿También las harán robots? Tal vez sí. Es posible que a las futuras generaciones les dé absolutamente igual si lo ha traducido una calculadora o alguien que, en el sano uso del oficio, ha acortado la distancia etimológica para crear ese hechizo tan hermoso que supone traducir un texto.

 

Sospecho que estos no creadores de música y novelas del futuro, no les importará un carajo su propia obra. Ya que, si no les gusta escribir, ni componer, ni aprender a pintar, presupongo que el objeto de su interés es el resultado en sí. Es decir, consumo, no creación. O la creación mínima (qué original chico, has escrito unas instrucciones), lo justo para colocar el nombre del artista encima.

 

Rizando el rizo, puede que incluso generen obras complejas e intrincadas que ni siquiera leerán ellos mismos, eso sí, con su foto bien grande. Y así es como internet se saturará, aún más, de basura, hasta alimentarse de esa misma basura y caer en la entropía.

 

Dan ganas de llorar. Así que uno busca la esperanza, con calor, su verde, sus honrosas excepciones.

 

Y menos mal que, si buscas, encuentras.

 

Tenemos que seguir, por favor, creando y bebiendo de nuestra alma para comunicarnos y hacer de la soledad un elemento plural.

 

El arte está en la broma que hace mi amigo Zaph cuando improvisa un riff de guitarra sobre un meme. En el sonido nostálgico de las guitarras de Annacrusa. En la cabeza de mi amigo Noel, buceando en la oscuridad de su corazón para escribir la letra que transcriba su alma. En el ingenio de mi amigo Adrián, cuando habla con el público, entre tema y tema. Encuentro el arte en la mano de Tamara, blandiendo la gubia como quien blande el fuego contra la piedra. El arte está en el relámpago que te cae encima cuando abres el poemario de Miguel Hernández y lees.

 

Un carnívoro cuchillo

de ala dulce y homicida

sostiene un vuelo y un brillo

alrededor de mi vida.

 

Así que, por favor, deja de usar estas «maquinitas» para simular arte. No me importa imaginar un futuro estéril y virtual, pero no quiero vivirlo.




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