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Una biblioteca puede salvar el mundo.

  • Foto del escritor: Pepelu Fernández
    Pepelu Fernández
  • 26 oct
  • 2 Min. de lectura

Una biblioteca puede salvar el mundo


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Ya, suena grandilocuente. Déjame explicarlo.


Nosotros, los adultos, tuvimos una entrada progresiva a este canibalismo digital. Pero ¿y los chavales de ahora? Crecen con la atención frita, dopamina, velocidad Y ese oráculo de bolsillo, que responde a todo sin dejarles divagar, confrontar o experimentar.


¿Qué supone, entonces, una biblioteca pública abierta en este capitalismo tardío y enfermo?


Por un lado, lo evidente, que no es poco: un espacio donde no hay que consumir. Los libros, las pelis, los discos son de todos. Tomas lo que te interesa, lo disfrutas y lo devuelves. Un milagro cooperativo a día de hoy.


Ah, pero dirás: yo no soy lectora, eso no va conmigo.


Es verdad, la literatura es tediosa cuando no se tiene el hábito. Pero el arte es poderoso. Y ahí entran la ilustración, el diseño, la pintura.


Imagina que tienes diez años. Estás en la sección juvenil. Frente a ti, decenas de lomos. Coges uno al azar: un hombre sobre un bote, arpón en mano, confronta un coloso marino. El libro te llama a la aventura, a navegar por aguas heladas que nada tienen que ver con tu realidad en Almazora, Alcorcón o Albacete. Coges otro: un pulpo gigante abraza un submarino. Otro más: un pirata cojea entre palmeras, con una pata de madera.


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Sí, son los libros que encontré en mi juventud. Hoy habrá otros, pero la magia es la misma.


Recuerdo abrir Moby Dick y rezar, ingenuo, para que no sufriera ninguna ballena.


Las ilustradoras llevan siglos transmutando palabras en imágenes. Crean portales. Promesas. Universos detenidos que nos invitan a visitarlos. Y como son estáticos, el resto depende de nosotros: hay que imaginar, que es precisamente lo contrario a ver el móvil. Y cuando la imaginación se expande, llega algo aún más hermoso: la empatía.


Leer Oliver Twist puede hacer que un niño de nueve años entienda que no hace tanto, otros niños limpiaban chimeneas o trabajaban en prensas con las manos en carne viva. Empatizar con la vida de un huérfano es asomarse a la injusticia y, al hacerlo, reconocer la humanidad ajena. Eso, en sí mismo, mejora el mundo.


Y luego está el espacio. Tienes doce años, compartes habitación. No hay una mesa libre en casa. El ruido es constante. Poder acudir a un lugar amplio, limpio, en silencio, es un lujo que muchos desconocen. Quizá tú, adulto que lees esto, creciste con tu propio cuarto. Pero lo común es otra cosa: escuchar al vecino discutir mientras tu madre habla con tu abuela y la tele ruge de fondo porque, al envejecer, la gente sube el volumen.


Las bibliotecas son templos de silencio. Allí puedes leer, escribir, estudiar, pensar. Puedes hojear esa revista cara sentado en un sofá, con suerte bajo la luz natural. Puedes conectarte a internet si en casa no tienes ordenador, o llevarte una película para ver en familia. Hay cómics, novelas gráficas, manuales para cocinar o arreglar muebles…Internet podrá sustituir muchas cosas, pero no una biblioteca.


Porque una biblioteca no solo guarda libros: resiste. Resiste al algoritmo, al consumo, a la prisa. Y mientras existan, habrá un rincón en el barrio donde pensar más despacio.


Ilustración de La Isla Del Tesoro: N.C: Wyeth.

Ilustración de Moby Dick: Artista no acreditada/o.

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