Auriculares
- Pepelu Fernández

- hace 2 días
- 2 min de lectura
Como cada noche, salgo a recoger los silencios de la ciudad. Recorro soportales, quioscos cerrados, lavanderías que funcionan con monedas… Por ejemplo, una cafetería, cuando cierra, tiene un montón de silencio incrustado en las paredes, a veces hay que rascar. Algunos días son más duros. Los martes, en la puerta de los pubs, mi caja metálica coge muchísimo peso, me cuesta arrastrarla de vuelta.
Fue hace tres noches cuando la conocí. Era en la parada del autobús más alejada del centro. El último vehículo descansaba su cuerpo metálico en el andén. El chófer bebía café, con cuidado de no manchar su celeste camisa. Abrí mi caja, saqué la espátula y empecé a rascar entre los asientos. Tenía mucho trabajo: el silencio de quien espera una llamada, del que teoriza sobre los pensamientos ajenos, o la que brega con la culpa de dañar a quien ama… Sí, mucho trabajo.
Cuando llegó se sentó, muy resuelta, a mi lado. Lo extraño es que me miró, a mí, que en principio soy transparente.
—¿Puedes verme?
La chica señaló sus auriculares, se llevó un cigarrillo a la boca y dijo:
—Yo tampoco los soporto.
—¿Los silencios?
Asintió y me quedé ahí, mirándola, hasta que se quitó los cascos.
Nos quedamos muy callados.
—Pues claro que te veo.
Señaló mi caja con la barbilla.
—¿Te das cuenta, verdad?
—¿De qué?
—Así no consigues nada. La ciudad siempre estará llena. Eso que haces, es un bucle.
No supe qué contestar. Ella se levantó y apagó el cigarro contra la suela de su zapato.
—Si lo piensas, siempre recoges el mismo silencio.
Y se fue, evaporándose por la larga avenida. Yo abrí mi caja de metal.
Durante unos segundos no vi nada extraño. Todos los silencios estaban ahí, con sus azules, su no-canción de coches en la autovía, su no-murmullo de risas en los parques… Cerré la caja y los ojos, me senté en el banquito. El autobús seguía vacío. El conductor miraba su teléfono. Por primera vez en muchos años, no tuve ganas de recoger nada. Me quedé escuchando: la ciudad respiraba a mi alrededor. Y, debajo del ruido, lo reconocí, ahí estaba, negro como la noche, mi propio silencio.



Comentarios