Las hambres y los hombres comparten casi todas las letras.
- Pepelu Fernández

- 10 may
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Montes de Aragón, Teruel creo. Termina la batalla, pero la nieve no se entera y anoche siguió cayendo, sin educación ninguna por los muertos. Salgo del agujero donde he pasado la noche. El mundo ahora es blanco y quieto, como uno de los conejos que, de tanto en tanto, mataba mi padre.
Oteo: a mi alrededor las armas descansan de la jornada, con las bocas llenas de hielo, dispuestas a ser empuñadas. Los cuerpos, sin embargo, no parecen tener ninguna prisa, petrificados bajo la nieve, como esos pensadores griegos que nos enseñó Don Federico en el museo provincial. Así que, mientras meditan, hurgo en sus bolsillos:
- Tres cigarrillos.
- Una cadenita de la virgen, la escondo, no sea que me la vea el comisario
político de turno.
- Una navaja sin oxidar.
- Y lo mejor de todo, calcetines de repuesto que un zagal llevaba en el macuto.
No está mal ¿echamos o no echamos a andar?
Me miro las botas, ya que andar es faena suya. Son como dos perros viejos con la lengua fuera. No responden y pruebo con otra pregunta, otra que me hurgue, pues esta responde a mi instinto de supervivencia.
―¿Hemos ganado o hemos perdido?
Las botas no responden, claro, no estoy loco. Pero algo dentro de mí, no me pregunten el qué, chasquea. Y no me gusta, así que echo a andar.
Marcho sobre la nieve, con toda la gracia del verbo. No es fácil: el pie se hunde hasta la rodilla y me quema el frío entre los dedos. Supongo que así es imposible que hablen las botas, atragantadas de nieves pero sigo, y tras de mí, mi estela de huellas zigzagueantes. Diría que andar se me da mejor que matar.
Y es que de niño andaba mucho, fíjense, desde Ribadelago hasta Santillana, mi abuela me ponía huevos en la cesta y mi tía los recibía con un beso de propina… ¡qué guapa era mi tía! ¡y mi prima, sobre todo mi prima! Una vez le vi un pecho desnudo, se lo conté al cura, el cura se lo contó a mi padre y mi padre me dio tal tunda que me dejó el ojo izquierdo tuerto de por vida. En esas brevas divago cuando escucho un motor.
Me hago visera con la mano y veo cómo un puntito negro se cuaja en el cielo. Un arándano en la nata. Si fuera un zagal nuevo en esto de los tiros y las bombas me pondría a sonreír, pensando que quizá aquello es un buitre, pero nada, toma forma en lo que tardo en buscar un pino. Las dos alas, la cabina y el traqueteo de esa moto alada ya me las conozco de sobra.
Y así me quedo, cual lagarto, bajo las ramas, fusil bajo el mono, no sea que el brillo me delate y me tapo las orejas. No se imaginan cómo gritan esas tartamudas, Ra-ta-ta-ta-ta…
Por suerte, esta vez, el pájaro de hierro pasa mudo, sin abrir su vientre para tirar más bombas. Supongo que ya se están aburriendo. Y bueno, ahora toca volver a decidir, esta vez la bota izquierda, por la que asoma mi calcetín nuevo, es la primera en hablar. Lo tienen claro.
«Echarse al monte»
¿Y por qué no? Mi ángel de la guarda, ese que mi madre me sopló en la oreja antes de subirme al camión de reclutamiento, tiene que estar agotado de mantenerme con vida. Al principio, tonto de mí, aún contaba las balas. El ¡zianc! que hacían al chocar contra los muretes donde, parapetados, hasta el más comunista rezaba. No sé yo a quién, tampoco me importa. Yo le rezaba a mi madre, y por favor no se rían, también a la suerte. Quizá, si vuelvo al pueblo, algún día, así de primavera, pueda volver a ver el pecho desnudo de mi prima. Oigan, que uno no es santo, ni creyente y estoy en mi mejor edad. En esas ando cuando me aprieta la vejiga, el avión ya se marcha, es como si pasara lista por el campo, pero dudo que ninguno de mis compañeros vivo levante la mano y diga su nombre. En fin, solo queda el monte.
El bosque me traga. Los pinos se me antojan como curas altos, negros, murmurando latines de resina. Aquí la nieve es más profunda y honesta. Cada paso queda escrito y así, me siento más como un escritor, que oigan, escribir palabras no sabré, pero estoy dejando un camino la mar de majo por si algún desgraciado decide desertar, como yo, de tanta gresca. Asciendo una loma, me giro, brazos en jarra, y contemplo mi garabato en la ladera. Las huellas gritan hacia dónde voy, lo sé, no se piensen que soy tan idiota.
―Callaos ―les digo.
Pero las huellas no hacen ni caso, se les daría fatal el ejército.
Pasan las horas, y el frío lame el monte con su aurora metálica. Me ha costado ascender, dejo el naranjero en el suelo y me doy un respiro, triunfal, pues ante mí hay un refugio. Supongo que de algún trashumante, que dudo que con tanto jaleo siga en activo.
Entro, con todo el respeto del mundo, no se piensen ustedes. Pero que a ver, tampoco es un pazo, es tan solo una hendidura en la roca. Un banquito mohoso, un poco de leña, un periódico viejo, un paquete de cerillas y media botella de vino. Me siento como uno de esos melenudos de las cavernas. Y así, tras santiguarme, erre que erre, intento hacer fuego. Y nada, la leña está mojada y el humo sube sin ganas, negro como los pensamientos de mi padre cuando salía en la noche, enfadado, después de gritar. Qué raro, no suelo pensar en mi padre, ni en el pueblo… serán las circunstancias.
Cuando empiezo a desatarme las botas me tiemblan los dedos, y antes de pensar en lo que estoy haciendo las vuelvo a atar. Pasos, pasos muy cerca.
Levanto el fusil, pesa como si estuviera lleno de palabras inútiles ¿qué va a decir este?, solo hace pum, pum, pum. Aparece, recortado en la gruta, la silueta de un muchacho. Joven. Sucio. Temblando. Guapo, sí, muy guapo. Lo miro sin cuidado. El bigote está lleno de nieve. Respiro y le echo narices, sé que la probabilidad de morirme es muy alta, alta de cojones, así que ahí voy.
―Eres guapo ―le digo, en lugar de hola.
Y me arrepiento por la cara que me pone. Ustedes pensarán que soy tonto, pero es que tengo veinte años y llevo mucho fogueo encima. Por suerte, el mozo sonríe después de escupir en el suelo
―¿Tú qué eres, maricón?
―Sí… bueno, un poco. Aunque una vez le vi la teta a mi prima y me gustó.
El silencio cae entre nosotros y nos recuerda que hace un frío de narices.
―Se te ve ―me dice.
―¿El qué?
―Al andar joder. Andas como si la guerra no fuera contigo. ¿Entiendes?
―No.
―Joder, pues como todos los maricones y los músicos, no sé, así un poco como un mago.
Nos miramos los uniformes. Yo voy de caqui, el suyo parece piel de aceituna… hace tanto que no las pruebo. Por si las moscas, no le pregunto de qué bando es. Él no me lo pregunta a mí. La solapa la lleva arrancada, igual que yo. Si lo supiéramos, tendríamos que matarnos casi seguro, vamos, al cincuenta por cien. Y ahora mismo no tengo ganas ningunas, no con este frío. ¿Ven ustedes cómo algo de sesera sí que hay? Que a ver, por mucha razón que tengan los generales y los poetas, no piensen que soy… ¿cómo lo llamó el camarada comisario? Equidistancia, joder con la palabreja.
Lo dicho: que pasamos la noche y sí, soy maricón, más o menos, y el mozo será guapo. Pero yo no digo nada, y bueno, las manos en el fusil, por si las moscas ¿ven qué panorama?
A medianoche abro un ojo, el hijo de puta está calentándose una lata de judías con jamón.
―¡Eh, ¿vas a compartir o qué?
―¿Qué tienes encima? O trocas o nanai.
―Tabaco.
Sin decir nada, se acaba algo más de la mitad de la lata, ahora ennegrecida por la llama que, con pericia, apañó entre la pinocha y la pastillita de encender. El trueque es bueno, el fuma y yo termino la ración. Están de la hostia.
A la mañana caminamos juntos. No al lado. Juntos, que es otra cosa. Hacemos tres crestas para situarnos. Así con la nieve llamamos mucho la atención, pero es lo que hay, este fulano parece más listo que yo, bueno eso seguro, creo que sabe hasta escribir.
A falta de gorra uso la palma. Las montañas de Aragón no se parecen mucho a las de Asturias. Un compañero de batallón decía que la Sierra de Madrid, desde cierto punto de vista, se intuía como un dragón dormido. Y así me pongo a pensar un símil bonito para impresionar a mi madre al volver, pero solo veo lomas desordenadas y nieve por todas partes.
―Allí ―me dice, que deja el fusil para fumarse el tercer cigarro.
―Ya veo.
Hay humo lejos, muy lejos, calculo que será la orilla del Ebro. A veces se ve un chispazo y tres segundos después resuena. Por norma, mis compañeros teorizan. Eso es tal cacharro, no eso suena como este otro. Yo no tengo ni pajolera idea, ni falta que me hace saber.
―Vamos, aquí nos van a ver.
―¿Quién? ―le pregunto.
―Los nuestros, o los otros. O los míos, o los tuyos. Cualquiera de ellos.
Asiento y le sigo por la cara norte de esta montaña sin nombre.
El monte se cierra, la nieve sube hasta las rodillas, y nuestras huellas se mezclan como las frases de un médico en una receta. Es un lugar hermoso, me gusta cómo se queda la nieve en las ramas, hace tangible el invierno, hay un acebo, las bayas rojas parecen sacadas de una postal de esas que venden en correos.
―¿Qué miras? ―me dice.
―Los árboles, son hermosos.
―¿No tienes mucha pluma para tanto frío?
―Pues tú tienes mucha cara de muerto para seguir vivo.
Se ríe. Poco. El frío le apaga la risa en la boca.
―Me llamo Julián.
―Umberto ―me invento. Ese no se llama Julián ni de lejos. Tiene cara de José María y de ser el cabrón de su pueblo.
Tres horas más tarde el avión vuelve a pasar, ahora alto, indiferente pero omnipotente, una suerte de Zeus ocioso que, si se le antoja, podría batir la vida a sus pies apretando un botoncito. Esta vez puedo ver la cruz extraña que lo identifica como alemán ¿qué pensará un alemán al ver Aragón desde ahí arriba? ¿volará hasta los Pirineos? Me gustaría verlos antes de morir. No creo que pueda, a este paso.
Julián, José María para mí, se queda atrás. Primero poco. Luego más. Lo miro de reojo, como se mira una sombra que, enfurruñada, deja de seguirte.
―Hace mucho frío para morir aquí ―me dice.
―Hace frío para todo ―le contesto.
―Te van a matar, Umberto.
Entonces descubro de qué bando es. Me había hecho ilusiones.
―¿Me vas a matar tú, Julián?
―Yo no mato fuera del frente, soy un hombre.
―¿Seguro que no me vas a disparar cuando me gire?
―Me diste tabaco Umberto, o como te llames. Anda, vete, vete antes de que te vea algún compañero.
Lo dice como si él no fuera parte de toda esta locura.
―Pues hala, hasta luego
Y sin más ceremonia, media vuelta y me subo yo solo, monte arriba.
Esa tarde encuentro una quesería hundida. Dentro hay restos de alguien que no supo elegir mejor: un gorro, huesos pequeños, un cuaderno que no me sirve de nada… Me siento. Vuelvo a hablar con las botas.
―Lleváis tres días trabajando sin parar.
Se lo digo imitando el acento cantarín que tiene el tonto ese de Julián, pero las botas callan de nuevo, a veces son muy sabias.
Es muy de noche, oigo voces. Algunas son reales. Otras supongo que no. Es una cosa de la infancia, no se piensen nada raro. El caso es que todas esas lenguas que escucho tienen hambre. El hambre se nota tan rápido… Hambre de encontrar a uno como yo, hambre de comerse lo poco que tenga encima, el ojalá fuera una mujer, que no lo soy, por suerte para mí. Hambre del elogio que les colgarán encima. Hay que ver cuántas hambres tienes los hombres. Y joder, qué cerca están.
El frío se me mete en el pecho y me ordena no dormir, nos ha jodido… eso sí, cierro los ojos. Lo que tenga que ser será. No sé si hemos ganado o hemos perdido la batalla. Pero ahora entiendo que quizá no fue una buena decisión echarse al monte. El monte te esconde, pero no te borra.
Abren la puerta, hay un hombre que huele a hierro. Ceñudo, uniforme limpio y una cara de Manuel que no se la quita de encima ni su puñetera madre. Se baja el máuser de la espalda, me apunta. Sí, el nombre de este cacharrito me lo sé. Y sí, conozco la canción que canta, es muy aburrida, todo el rato igual. Y oigan, ni buenos días. El tipo apunta y suena: ¡Bum! Y la nieve, maleducada, sigue cayendo.





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