La trampa de escribir para ser amado
- Pepelu Fernández

- hace 7 días
- 3 min de lectura
Escribo, es decir: grito, canto, toco la guitarra y ahora, de forma sofisticada, novelo ficciones. ¿Cuál es el propósito real? El que titula esta humilde entrada de blog. Parece algo básico, lo sé, en el fondo lo sabe todo el mundo. ¿Ves esa cantante que se desgarra el alma? Quizá le importe un carajo si el riff es un elegante 3x4, quizá lo único que pasa sobre la tarima es un alma intentando sobrevivir. Es obvio, quiere tu atención porque necesita amor. El amor en singular quiero decir, el amor que, por mucho que su pareja, padres y amigos le den, siempre será insuficiente.
Qué asco…
Quizá los artistas no somos más que vagabundos que buscamos en los contenedores algo de provecho. Es una mendicidad de amor (y a veces material, no lo niego). Escribimos y, al enlazar una palabra con otra, cronificamos la búsqueda de un cariño no correspondido.
Y hay algo pionero en esto, desde luego. Hace siglos, algunos llegaban a un mundo nuevo en las costas de América, el Polo Norte, la Luna… Hoy somos nosotros los astronautas, habitando las nuevas complejidades, las mismas que no aprendimos en casa. No siempre es factible.
En estas nuevas fricciones y formas de amar, priorizar y caminar por el planeta, tenemos que lidiar con la etiqueta del mundo antiguo. Sísifo cambió la piedra por la imagen de una promesa rota, y ahora no puede con ella. Por supuesto que no queremos vernos a los cuarenta compartiendo piso con desconocidos, gestionar un cambio de identidad, una relación abierta, un divorcio por apegos antónimos o cualquier otro nuevo paradigma que, obviamente, a nuestros padres les sonaría a chino mandarín.
Y se levanta el poeta, le da la vuelta al colchón sudado y, en un soso intento de aliviar la ansiedad, escribe sobre el aleteo de los coches en la autovía. ¿Os suena? No queremos, pero nos toca bregar y buscar en la incertidumbre contemporánea unos gramitos de salud mental.
En mi caso, escribir es proteger a un niño herido. Un niño cuyos profesores quizá no terminaban de acertar con sus diagnósticos y adjetivos. Sí, había una lista interminable de adjetivos disfuncionales. También estaban las excusas. Los planetas. Las uñas tiznadas. La sangre. El vertedero. Los gallos de pelea. El sol… Hasta que en mi adolescencia, me subí a un escenario, grité lo que me ocurría en la tripa, y al bajar, mis amigos me ofrecieron una dosis de atención, cariño e incluso, entre toda la marabunta hormonada, unos segundos de admiración genuina.
¿Qué clase de droga es esa para alguien que ha fracasado en todo? Al menos, en todo lo que se puede fracasar desde los cero a los quince años. Y no, el fracaso no es un veredicto autocomplaciente, era algo oficial, impuesto. Todas suspendidas, «él no puede», «leve retraso», «diversidad», «no es funcional».
Quizá los artistas nacen así: Alguien me dijo «Esa es una frase hermosa». Y toda la autoestima empezó a depender de demostrarle al mundo que, a pesar de las etiquetas, puedo recoger la chatarra del descampado y hacer una escultura digna del tiempo que gastas en mirarla.
Por eso, en una mala racha llama el teclado. El cuerpo me pide estrujar el castellano hasta darle forma. Crear escenas de acción, no sé, una babosa marina hostigando a unos piratas. Una chica rota que intenta salvar el mundo con su espada de fuego. Un pícaro que miente con dulzura. Un genocida convencido. Un polvo antes de que el mundo explote. Describir esa mirada que te salva la vida… Y el idioma está ahí, lleno de posibilidades. Escribes, funciona, tejes la película y haces crujir el corazón del lector cuando «ella» le dice a «él» ese «te espero» velado, entre el fragor de un cataclismo.
Quizá funciona porque ese «te espero» es el que, en el fondo, esperamos todos.
¿Pero por qué? ¿Por qué no puedes aceptar el amor que ya te ha dado la vida? ¿A quién intentas convencer de que eres válido? ¿Por qué sigue el mismo niño, llorando, solo en el recreo? ¿Y qué te dirás, en tu soledad, cuando las tinieblas de la noche lo devoren todo?





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