«Duelar».

Actualizado: 27 sept
«Duelar» no aparece en el diccionario.
No existe una palabra que defina el tránsito de un duelo. Voy a tratar de inventarla.
Los escritores somos esas personas que nos dedicamos a mentir para contar eso que llamamos «vida». A veces usamos parábolas, grandes mundos de fantasía para reivindicar y canalizar las emociones. Otras veces nos centramos en una persona, su soledad y la magia que uno puede rascar en el amanecer cuando, a su alrededor, florece la sombra de la propia sombra.
Esa «mentira», gracias a su condición mentirosa, se puede armar de herramientas para explicar todo este laberinto de una forma más amable. Alguien podría decir que una pérdida/ruptura o un gran cambio de paradigma, es como la demolición de un hogar con uno mismo dentro. Y sí, tiene algo de eso, pero ¿y qué? descubres que te dan igual las ruinas. Echas las manos a la cara, niegas con la cabeza… Es justo ahí.
Esa es la espada del poeta.
Creo que el duelo se parece al realismo mágico, es decir, lo cotidiano pierde el norte. Te levantas y los árboles están boca abajo, ensamblando un cielo de raíces. Todo está al revés. La lluvia asciende, el río seco cae furioso y lleno de salmones, el supermercado es una estación espacial donde los consumidores flotan intentando capturar las manzanas desperdigadas, como tristes estrellas de marca Hacendado.
Pero lo curioso es por dentro: Tu cuerpo se vuelve espectral, quieres asir una traza y la atraviesas. Y así, poco a poco, vas perdiendo peso, forma e identidad, hasta que una pequeña brisa te eleva y te sostiene. Y eso está bien porque te sientes un poquito como el viento, y el viento, si hace algo, en su esencia, es marcharse a otro lugar.
Esta ligereza es muy compatible con la oniria. El sueño protagoniza el día. Lo que importaba es liviano, lo superfluo se infla. Empiezas y terminas en el mismo punto. Es como si Dante llegara al cuarto círculo del infierno para, al día siguiente, retroceder y volver a enfrentarse a todos los anteriores. No hay un camino, ni llave, ni clave, ni consejo que pueda servir. Solo la irrealidad, el aire, la ingravidez y la incredulidad.
Entonces es cuando alguien te pellizca. Está sucediendo, amigo vuelve al planeta. Y por fin ves esa casa en la que habitas. Ya no tiene techo, le faltan dos paredes y la metáfora de la demolición es exacta. Mañana quizá volverá la irrealidad, «esto no está sucediendo». Pasado quizá volverá la resolución, «tengo que moverme». En un tiempo quizá volverán las palabras, como viejas amigas, a darte un abrazo.
Por suerte, también tenemos sabiduría. Ahora resulta invisible a mis ojos. Lo dicho, todas las virtudes y defectos mudan su rostro en ese sendero, pero creo que está aquí, invisible, como Atenea para Ulises.
El caso es que, hace unos días, me sentía tan mal que empuñé mi guitarra y me puse a trabajar con ella. No tardó en salir una canción, como un acto reflejo que verbalizaba el nudito de la garganta. Grabo una, dos guitarras, una batería, un punteo, lo armonizo, voces, una letra muy dolorosa, un par de gritos y una coda suave llena de cristales en la lengua. Listo. He aquí mi antigua forma de defenderme del dolor.
Lloro por lo que ya no va a ser,
por no verte envejecer,
con tu pelo blanco, leyendo en un árbol.
Al día siguiente la sabiduría se sentó a mi lado. Escuchamos el tema juntos y confirmó lo que sospechaba.
―¿Te reconoces?
―Lo cierto es que no.
―¿Te das cuenta, verdad?
Claro que me doy cuenta. Mi caso será la música, el tuyo, persona anónima que estás leyendo el blog, será cualquier otro rincón seguro que en su día funcionó.
Pero seamos amables, no pasa nada por visitar un momento a la persona que fuimos. Sospecho que lo importante es darnos cuenta, negar con la cabeza y marcharnos también de ahí. No vamos a volver a ser quien fuimos, por mucho que el suelo del presente se tambalee. Ratificar que no vas a retroceder al principio es alentador.
«Roma cae, vuelta la edad media». Perdona pero no, al menos no del todo. Quizá se trate de aceptar que «es», y a la vez «no es» el fin del mundo.
Por eso creo que «duelar» podría postularse como verbo dúplice.
En su primera acepción te embozas en un manto gris y transitas el pedregal.
Sería algo así como una guerra de mil noches: Catapultas de fuego, el ariete del mundo real que golpea la muralla, los demonios de la culpa, el espejo juicioso, las emociones disfrazadas, el luto de pijamas, objetos, paredes… Sí, los paisajes con nombre propio, y por último los poemas, que fluyen envenenados como los ríos en la guerra.
Imagino que esta primera acepción del nuevo verbo terminaría en los campos de asfódelo. Le das un euro al barquero y dejas morir una parte de ti. Sea más o menos hermosa, más o menos idealizada. Verás desde la barca, como ese ser con tu rostro se hace diminuto, día a día, hasta que se pierde en el horizonte.
Claro que la segunda acepción para «duelar» sería más amable. Sí, sería una definición de color verde. Pues hablaría de echar de menos desde la suerte, de agradecer, de sentir que si bien el hogar tangible está en ruinas, hay uno detrás de la metáfora, detrás de las palabras, que será imperecedero. El amor, cuando lo conoces en su forma más salvaje, natural y tranquila, te llena de certeza. Es real y las cosas reales no pueden desaparecer de un alma agradecida. En todo caso reconducir, en todo caso mutar en algo no menos hermoso. Por eso creo que «duelar» también merece este segundo significado. Y aparecerá en la luz de la tarde, cuando tenga los pies en el río. Y aparecerá un día concreto, en el remolino de hojas otoñales. Lo espero, sí, en las sombras púrpuras que sopla la luna, en lo más profundo de una mañana invernal.
Llegará. Necesito escribirlo, necesito decírmelo. «Duelar» es un verbo dúplice. Ojalá funcione, ojalá.





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